Antes de trabajar en la mina Marlin cerca de su ciudad natal en Guatemala, Fernando Pérez tenía que viajar dos días a pie a México para buscar trabajo recolectando maíz o café. Este viaje significaba estar lejos de su familia durante meses, un sacrificio que hizo durante años para alimentar a su familia.

La vida de Fernando Pérez ha cambiado mucho desde que comenzó a trabajar en la mina Marlin hace ya casi 10 años. No sólo el viaje al trabajo se ha reducido a una caminata de 15 minutos, sino que ha logrado crear una serie de empresas usando el dinero que ha ganado en la mina.

Aparte de su trabajo en el vivero de la mina Marlin, Pérez es dueño de dos camiones cisterna que usa para mitigar el polvo en los caminos aledaños, además de dos buses con capacidad para 40 asientos que emplea para llevar a los empleados de la mina hacia y desde el trabajo. También construyó una casa que alquila a la mina y que usan los alumnos de las universidades locales que vienen a la mina Marlin a estudiar sus operaciones como parte del programa de estudios.

Pérez también da empleo a otras personas cerca de Nueva Esperanza. Contrató a 10 personas de la comunidad local para que cuidaran de sus cultivos a tiempo completo, y está a cargo de más de 80 empleados a tiempo completo y part-time durante las temporadas de mayor demanda. Pérez también cuenta con un administrador que supervisa la contabilidad de sus negocios.

“Si no fuera por la mina, nada de esto sería posible”, señala Pérez, trabajador de 35 años de edad, casado y padre de seis hijos que van de los 14 años de edad hasta uno recién nacido.

“Ahora puedo mantener a mi familia y dejarle algo a mis hijos. Puedo ayudar a crear un futuro para ellos”, señala.

Según Peter Hughes, Director de Medioambiente de la mina Marlin, hay más de doce pequeños empresarios con negocios similares a los de Pérez.

“Son personas locales, algunos trabajan en la mina y otros no, que vieron una oportunidad y se decidieron a aprovecharla. Y hoy, estás surgiendo”, señala Hughes.

Sin embargo, hay quienes critican que esta nueva prosperidad ha alejado a la comunidad de la cultura de subsistencia que existía antes de la llegada de la mina. También existe la preocupación de que el precio de la tierra aumente y quede fuera del alcance para algunos miembros de la comunidad.

Pérez dice que los críticos son pocos entre quienes viven y trabajan en la mina. La mayoría ve a la mina como algo que ha ayudado a mejorar el futuro de quienes viven en la comunidad, incluida la capacidad de vivir de la tierra.

“Desde que llegó la mina y nos dio trabajo, ahora podemos contar con nuestro propio ingreso y volver a trabajar la tierra”, indica. “La gente está mejor porque tiene trabajo”.

Y más aún: un trabajo que no queda lejos de donde viven. Esto significa que padres como Pérez pueden mantener financieramente a sus familias y pueden participar de las experiencias que el dinero no puede comprar, como las primeras palabras de un hijo, sus primeros pasos y otros logros.

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